En otra época Venezuela también “despertó”

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Por Andrés Figueroa Kocksch, Licenciado en Historia

Tras la derrota del candidato de la izquierda Alejandro Guillier ante Sebastián Piñera en diciembre de 2017 se abrió una nueva hoja de ruta para el G2 cubano y los carteles de droga, los cuales desde hace bastantes años tenían el ojo puesto en la tierra chilena. Sin embargo, la transformación de Chile en un corredor de drogas no pudo consolidarse sin la participación de quienes representan políticamente a los carteles en el sur de América. La condición que el jefe del narco estado venezolano Nicolás Maduro y los encargados de la organización del crimen en el exterior Diosdado Cabello y Jorge Arreaza para financiar la insurrección de los sectores lumpen en Chile en octubre de 2019 fue que, además se debía empujar la transformación política y económica del país. Todo esto mediante el aceleramiento del proceso de adoctrinamiento marxista, ya visto durante años en las aulas universitarias y escolares en el pais, pero ahora bajo el discurso de la denominada “Movilización popular de cara a un proceso constituyente”.

Contra la efectividad que ha tenido esta política de movilización, desquiciamiento y degeneración de las clases populares en el país no existen ya fórmulas concretas.  Solo es posible orientar la mirada mediante hechos históricos que por su parecido con la situación actual de Chile permitan orientar la mirada, crear conciencia y dar cuenta de la razón por la cual los capos del narco estado venezolano consideran indispensable la obtención del poder político por parte de los sectores delincuenciales del país. Uno de ellos es el llamado “Caracazo de 1989”. La chispa de este alzamiento fue encendida por una mujer embarazada que, según la crónica popular de Venezuela, se alzó ante el chofer de un bus de la locomoción colectiva, por el alza del pasaje, seguida por los demás pasajeros. Al igual que ocurrió en Chile tras el alza del pasaje en 30 pesos, el descontento se esparció por las principales ciudades de Venezuela, alimentado por la enfermiza adicción tele novelística de la sociedad venezolana y por sectores de clase media y de elite empresarial que, ante los saqueos, los cacerolazos, las barricadas y los petardos en las plazas públicas, decidieron que lo mejor era escarbar un poco la tierra para esconder sus cabezas.

El clima de protestas, de puños en alto y de consignas marxistas que se instaló en los barrios populares de Venezuela durante la presidencia de Carlos Andrés Pérez (1989-1993) fue el momento estelar para una elite de intelectuales que abogaban por una constituyente y por la salida del Presidente de la Republica (Los notables). Esta coalición de intelectuales provenientes del partido social demócrata Acción Democrática, de COPEI y de una izquierda radical que desde los años sesenta le había tomado afecto al castrismo a través de la lucha armada, el golpismo y el sicariato, se fortaleció mediante los dos golpes de estado dados por Hugo Chávez en febrero y octubre de 1992. La gran ola de movilizaciones y de delincuencia, movida ahora por el conocimiento de que había un apoyo al interior de un ejército plagado de guerrilleros castristas infiltrados en la década de 1960, 1970 y 1980, inspiró finalmente una acusación constitucional contra Carlos Andrés Pérez. Este fue sacado del poder en medio de una creciente crisis de insolvencia bancaria, inflación y desigualdad, quedando una tierra fértil para que Hugo Chávez fuera electo en diciembre de 1998 e impulsase las trasformaciones constitucionales que construyeron la Venezuela de hoy.

Venezuela despertó en 1989 y los principales adalides de la izquierda marxista de Fidel, que se infiltraron a partir de las insurrecciones armadas en la década de 1960 en Venezuela y en el resto de Sudamérica, consideran que el belicismo por si solo es algo añejo. Las nuevas conquistas políticas requieren de la cooperación recíproca con los carteles de la droga, el resultado esperado: Construir una ruta de narcotráfico en Chile, tomando la experiencia venezolana hasta en sus más mínimos ápices, en el aspecto insurreccional, constitucional, político y económico.