Yusef Hadi Manríquez, Director de carrera de Publicidad de la Universidad Andrés Bello
Los incendios que afectaron a la Región del Biobío durante 2026 no solo arrasaron con miles de hectáreas, viviendas y ecosistemas. De paso, también dejaron al descubierto otra dimensión del desastre: la forma en que las redes sociales y los medios de comunicación construyen, amplifican y, muchas veces, tensionan nuestra comprensión de la catástrofe.
En cuestión de minutos, imágenes de fuego, desesperación y pérdida circularon por pantallas de todo el país. Twitter, Instagram, TikTok y los canales de televisión se transformaron en una mezcla vertiginosa de información, denuncia, solidaridad, opinión y, lamentablemente, también desinformación. Las redes nos mantuvieron conectados frente a una tragedia, y expuestos a una sobrecarga emocional y comunicacional.
Las redes sociales cumplen un rol clave al alertar, coordinar ayuda, visibilizar zonas olvidadas y humanizar el desastre a través de relatos reales. Fueron, en muchos casos, más rápidas que los canales oficiales. Sin embargo, esa misma velocidad también abrió espacio a rumores, juicios apresurados, imágenes sacadas de contexto y narrativas que buscaron culpables antes que soluciones. La catástrofe se volvió contenido, y el dolor, muchas veces, engagement.
Los medios de comunicación tradicionales, por su parte, enfrentaron el desafío de informar en tiempo real sin caer en el sensacionalismo. Cuando la tragedia se convierte en repetición constante de imágenes extremas, el riesgo es la normalización del horror o la fatiga informativa. Informar no es solo mostrar lo que ocurre, sino ayudar a comprenderlo, contextualizarlo y, sobre todo, aportar a una conversación pública que construya, no que fracture.
Es aquí donde la publicidad, la creatividad y la comunicación estratégica tienen una responsabilidad ineludible. Durante años, estas disciplinas han sido injustamente asociadas solo al consumo, a la persuasión comercial o al “ruido”. Sin embargo, en contextos como el vivido en Biobío, queda claro que comunicar bien puede salvar tiempo, recursos e incluso vidas.
La creatividad no es solo estética ni ocurrencia, pero también es una herramienta para resolver problemas complejos. Desde campañas de prevención claras y empáticas, hasta mensajes institucionales comprensibles, accesibles y coherentes; desde el diseño de información útil hasta narrativas que movilicen colaboración real y no solo indignación digital. En momentos de crisis, la comunicación debe ser ética, precisa y humana.
Creo firmemente que formar profesionales hoy implica enseñarles a leer críticamente el contexto social en el que comunican. Nuestros estudiantes no solo deben saber crear campañas, sino también entender el impacto cultural, emocional y social de cada mensaje que ponen en circulación. La pregunta va más allá de “qué tan creativa es esta idea” y se amplía al “qué provoca, a quién afecta y para qué sirve”.
Los incendios de 2026 nos recuerdan que vivimos en una era donde cada persona con un teléfono es un medio, y cada marca, institución o creador tiene poder de influencia. Ese poder exige criterio, responsabilidad y propósito. La creatividad, cuando se pone al servicio del bien común, puede ser un puente entre la urgencia y la esperanza.
Quizás el gran desafío que nos deja esta catástrofe, más allá de estar preparados para enfrentarla, sea aprender a comunicar antes, durante y después, con conciencia, verdad y empatía.
