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Eficiencia energética, la ventaja estratégica que Chile debe consolidar

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Por Víctor Belmar, gerente general BLP Chile

¿Podemos hablar de desarrollo si seguimos consumiendo energía sin medir su impacto? Es una pregunta interesante que nos obliga a revisar lo que hemos hecho. En Chile hemos avanzado de manera notable hacia la transición energética, con la energía solar como protagonista. En 2023, de hecho, el país produjo 9,4% de su energía primaria desde el sol, la mayor proporción registrada en el mundo ese año, y cuya fuente aportó cerca del 20% de la electricidad total generada, cuando hace poco más de una década su presencia era marginal en la matriz. Sin duda, son pasos importantes, pero estos y otros avances no son suficientes si no los acompañamos de eficiencia energética real, tanto en política como en la práctica.

Y es que la eficiencia ya no puede ser vista como una simple forma de ahorrar en la cuenta de la luz. Hoy es un eje de competitividad, ya que reduce costos estructurales, ayuda a cumplir metas climáticas y fortalece la resiliencia operativa tanto de empresas como de ciudades. Por ello, optimizar cada vatio utilizado equivale a ganar en productividad, estabilidad y sostenibilidad en un contexto de precios volátiles y mayores exigencias ambientales.

Un área de impacto inmediato es la iluminación eficiente. Es así como el reemplazo de tecnología antigua por LED, combinado con sistemas inteligentes y soluciones solares, genera resultados medibles en plazos breves, lo que no solo baja el consumo, sino que mejora la seguridad en espacios públicos y eleva la eficiencia en instalaciones industriales y comerciales. Particularmente, los programas de recambio de iluminación ya han ampliado la presencia de tecnología eficiente y han marcado la dirección hacia estándares más altos. Además, la incorporación de sistemas autónomos -como luminarias solares equipadas con baterías- agrega una ventaja estratégica al reducir la dependencia de una red tradicional saturada y garantizar continuidad operativa donde más se necesita. Esto es especialmente relevante para sectores productivos, infraestructura clave y zonas remotas que buscan asegurar servicios sin interrupciones.

Pero la eficiencia real no se logra solo cambiando equipos. La sinergia entre tecnología y gestión inteligente es lo que permite transformar datos en decisiones. En esta línea, el monitoreo permanente, telegestión y análisis continuo del consumo revelan dónde se pierde energía y cómo se puede optimizar su uso. En otras palabras, no basta con tener tecnología de punta si no se aprovecha para tomar mejores determinaciones.

Chile hoy cuenta con un marco regulatorio robusto, gracias a la Ley de Eficiencia Energética y al Plan Nacional que aspira a reducir la intensidad energética y el uso ineficiente de recursos hacia 2030. Pero la verdadera prueba no está en la norma, sino en su aplicación efectiva, en la voluntad de transformar la política en resultados medibles. Es por esto que más que una obligación, la eficiencia energética es una oportunidad de crecimiento, ya que posibilita principalmente posicionar a Chile como un actor competitivo en la economía global del futuro. La pregunta entonces ya no es si la eficiencia importa; es quiénes están dispuestos a convertirla en una estrategia central y no solo en un titular del 5 de marzo cuando se conmemora el día mundial de este hito tan relevante para la descarbonización del planeta.