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¿Volveremos a soñar en dorado? El deporte como proyecto país

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Por Fernando González, Subdirector del Instituto del Deporte y Bienestar de la U. Andrés Bello

as imágenes de violencia en los colegios, el aumento de delitos protagonizados por jóvenes y el consumo de drogas entre niños y adolescentes se han vuelto parte habitual de la contingencia. Más allá de la preocupación legítima, la pregunta de fondo es qué estamos haciendo como sociedad para ofrecer alternativas reales, seguras y con sentido a las nuevas generaciones. En este escenario, el deporte deja de ser un tema secundario para instalarse como una herramienta social y educativa urgente.

Chile ya vivió el impacto positivo de una generación deportiva que nos mostró que competir al más alto nivel era posible. El tenis y el fútbol no solo entregaron triunfos, sino también relatos de esfuerzo, disciplina y pertenencia que marcaron a miles de niños y jóvenes. Hoy, cuando el contexto es más complejo, volver a soñar en dorado no puede limitarse a ganar medallas, sino a recuperar el valor formativo y social del deporte.

Desde mi experiencia en el deporte profesional, el talento sigue existiendo: está en las canchas de barrio, en los clubes, en los colegios y en las universidades. Sin embargo, sin espacios sistemáticos, entrenadores formados y políticas públicas sostenidas, ese talento se diluye y deja a muchos jóvenes expuestos a entornos donde la violencia, la delincuencia y las drogas se vuelven opciones disponibles.

Por eso, el deporte debe ser parte estructural del sistema educativo, no como un complemento optativo, sino como una política preventiva concreta. El trabajo deportivo entrega reglas claras, fomenta el respeto, enseña a manejar la frustración y canaliza la agresividad en marcos de convivencia. En una cancha hay normas, consecuencias y objetivos comunes, elementos que hoy faltan con urgencia en muchos espacios escolares.

Cuando el deporte se integra de forma permanente, se transforma en un espacio de contención y pertenencia. Para muchos jóvenes, el equipo o el entrenador se convierten en referentes positivos que ordenan rutinas y ofrecen reconocimiento desde el esfuerzo, reduciendo el riesgo de vinculación con la delincuencia y el consumo de drogas.

Las universidades también cumplen un rol clave, dando continuidad a estos procesos formativos y fortaleciendo habilidades socioemocionales esenciales para la vida. Volver a soñar en dorado es posible, pero el verdadero oro está en construir una juventud con más oportunidades, menos violencia y mejores referentes. Invertir en deporte es invertir en convivencia y futuro. Hoy, esa es una decisión país impostergable.