Francisco Basoalto, managing director de Equinix Chile, Colombia y Perú
Por años, la conversación sobre transformación digital estuvo centrada en la velocidad de adopción tecnológica. Hoy, sin embargo, la discusión ha evolucionado. En un escenario marcado por la expansión de la inteligencia artificial, el crecimiento exponencial de los datos y una creciente complejidad regulatoria, la pregunta ya no es únicamente cómo digitalizarse, sino cómo mantener el control sobre la infraestructura digital que sostiene a las organizaciones.
La soberanía digital se ha convertido en uno de los conceptos más relevantes para empresas, gobiernos y organismos reguladores. Más que una tendencia tecnológica, representa la capacidad de una organización para decidir dónde residen sus datos, quién puede acceder a ellos, bajo qué normativas operan y cómo se conectan con el resto del ecosistema digital.
En Chile, este debate adquiere una relevancia especial. El país se encuentra en un momento decisivo para su desarrollo digital. La creciente adopción de servicios en la nube, la llegada de nuevas inversiones en infraestructura tecnológica y la reciente presentación de la Estrategia Nacional de Data Centers reflejan la importancia que tiene la economía digital para la competitividad futura del país.
Sin embargo, a medida que aumenta la dependencia de plataformas digitales, también crecen las interrogantes sobre control, resiliencia y autonomía tecnológica. En este contexto, suelen aparecer una serie de supuestos que dificultan avanzar hacia una estrategia efectiva de soberanía digital.
El primero es pensar que existe una disyuntiva entre control y conectividad. Tradicionalmente, muchas organizaciones asumen que para mantener control sobre sus activos digitales debían aislarse o limitar sus conexiones. La realidad actual demuestra lo contrario: es posible conectarse con proveedores, clientes y socios estratégicos manteniendo al mismo tiempo la gobernanza sobre los datos y la infraestructura crítica.
Otro error frecuente es considerar que el cumplimiento regulatorio limita la innovación. La irrupción de la inteligencia artificial ha puesto este desafío en el centro de la agenda. Las organizaciones necesitan acceder a capacidades avanzadas de procesamiento y análisis de datos, pero también deben garantizar trazabilidad, seguridad y cumplimiento normativo. Lejos de ser objetivos contrapuestos, la innovación y el cumplimiento deben avanzar de manera coordinada.
También persiste la idea de que la soberanía digital exige prescindir de la nube pública. En realidad, los modelos híbridos permiten combinar distintas infraestructuras según las necesidades de cada organización, manteniendo control sobre los activos más críticos y aprovechando simultáneamente la flexibilidad y escalabilidad de los entornos cloud.
Finalmente, suele confundirse la residencia de los datos con la soberanía digital. Si bien conocer dónde se almacenan los datos es importante, la soberanía va mucho más allá. Incluye aspectos como la gobernanza, la conectividad, la capacidad de recuperación frente a incidentes y el control operativo sobre toda la infraestructura digital.
Para Chile, que busca consolidarse como un hub digital para América Latina, la discusión sobre soberanía digital no debe entenderse únicamente desde una perspectiva tecnológica. Se trata también de competitividad, atracción de inversiones y capacidad para participar de manera segura en la economía digital global.
Las organizaciones que logren desarrollar una estrategia sólida de soberanía digital estarán mejor preparadas para adaptarse a un entorno donde los datos, la conectividad y la inteligencia artificial serán factores determinantes para el crecimiento. Porque en la economía digital actual, la capacidad de innovar ya no depende solamente de acceder a la tecnología adecuada, sino también de mantener el control sobre ella.
