Desigualdad puertas adentro

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Por Karina Suárez Sesnic, Gerenta Comercial de Natura y Avon Chile

Es totalmente normal dividir las tareas del hogar y tomar el relevo cuando tu pareja ha tenido una semana difícil o no se siente bien. Pero si notas que siempre asumes tareas cotidianas en las que tu pareja dice ser terrible (aunque parece capaz), puede ser un signo de incompetencia armada. “Esto es un término utilizado para describir una situación en la que una persona de la pareja intencionalmente tiene un desempeño inferior en responsabilidades compartidas, como las tareas domésticas o la crianza de los hijos, lo que a menudo impone al otro la carga de compensar”, dice la psicóloga clínica Holly Batchelder, PhD.

Y es que no es novedad que las cargas laborales domésticas terminan recayendo sobre las mujeres, situación que todas identificamos rápidamente, por ejemplo, según el estudio latinoamericano “Las tareas del hogar: percepción y comportamiento”, de Avon junto a Gentedemente revelaron que un 59% de las mujeres chilenas considera que la carga operativa, o sea, las tareas domésticas en sí mismas cómo cocinar, lavar, planchar, realizar todo lo que debe hacerse en el hogar, recae sobre ellas. Pero no solo eso, otro de los principales hallazgos, es que el 69% de las chilenas declaran que siempre o casi siempre deben recordar a sus parejas las tareas del hogar, llevando tanto la carga operativa como la mental.

La revelación de estos datos evidencia una problemática arraigada que trasciende el ámbito doméstico, impactando de manera significativa en la calidad de vida y bienestar de las mujeres chilenas. Más allá de la carga operativa y mental desproporcionada que enfrentan, estas desigualdades tienen ramificaciones profundas en áreas cruciales como la salud mental y la seguridad financiera a largo plazo. La persistencia de estas disparidades dentro del hogar refleja y refuerza estructuras de poder desequilibradas que obstaculizan el avance hacia una sociedad más igualitaria y justa para todos. Es imperativo abordar estas inequidades de manera integral, reconociendo su complejidad y adoptando medidas concretas para su erradicación.

Según el Octavo Termómetro de la Salud Mental de la Universidad Católica y la ACHS, un 34,6 % de las chilenas declara vivir de ansiedad moderada o grave, y también en temáticas como la previsión de salud y jubilación. Mientras que, por otro lado, un estudio encargado por la Federación Internacional de Administradoras de Fondos de Pensiones (FIAP) sobre brechas de género en pensiones, muestran que las mujeres reciben una pensión 49% menor que la de un hombre.

Y es que las mujeres aún destinan una importante cantidad de tiempo a labores de cuidado, no remuneradas, en desmedro de su participación en el mercado laboral. Esto se refleja en una menor participación de las mujeres en el mercado laboral y en las áreas donde estas se desempeñan mayoritariamente. En efecto, desde una perspectiva de género, las variables que afectan los niveles de participación de las mujeres en el mercado laboral están íntimamente relacionados con factores socio-culturales vinculados con la división sexual del trabajo, es decir, con el reparto social de tareas o actividades según sexo género; en donde a las mujeres les corresponden funciones y tareas sociales reproductivas, asociadas a los cuidados en el ámbito doméstico y privado, y a los hombres tareas “productivas” con valor de cambio, o sea, trabajos remunerados fuera del hogar.

Estos factores que inciden en las brechas de género en pensiones se relacionan con estas inequidades culturales de género que se transfieren al sistema de pensiones por la forma en que éste fue diseñado (capitalización individual). Entre estas desigualdades están las tasas de participación laboral entre hombres y mujeres, que a su vez se traducen en importantes brechas en las densidades de cotización y en un menor aporte a los regímenes de seguridad social. Perjudicando así cuánto dinero terminan recibiendo las mujeres a la hora de jubilar.

La persistencia de estas desigualdades de género en el hogar refleja un sistema arraigado que mantiene injusticias y limitaciones para las mujeres, afectando no solo su bienestar presente, sino también su seguridad económica a largo plazo. Los datos alarmantes sobre la prevalencia de la ansiedad entre las mujeres chilenas y las significativas brechas de género en las pensiones destacan la urgencia de abordar estas inequidades sistémicas. Es esencial desafiar las normas culturales y estructuras de poder que subyacen en la distribución desigual de las responsabilidades domésticas y el trabajo no remunerado. Solo a través de un compromiso colectivo con la igualdad de género, con trabajo colaborativo entre empresas, entidades de gobierno y líderes que podemos alzar la voz y determinar acciones concretas dentro de nuestros roles, podemos construir un futuro donde todas las personas, independientemente de su género, tengan la oportunidad de vivir con dignidad y equidad.