La Masacre del Seguro Obrero

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Por Rafael Videla Eissmann.

Señor Director:

5 de Septiembre de 1938. Fecha fatídica en la que más de sesenta jóvenes fueron asesinados en el edificio del Seguro Obrero –a pasos del Palacio de La Moneda–, al amparo de la orden del mismísimo Presidente de la República, Arturo Alessandri Palma («Mátenlos a todos! ¡Que no quede uno con vida!»). El General de Carabineros Humberto Arriagada Valdivieso, de vuelta de una “farra” fue uno de los ejecutores, fusil en mano, secundado por los coroneles González y Pesoa.

Los jóvenes, ya rendidos, fueron vilmente asesinados y sus cuerpos golpeados y en algunos casos, mutilados. El crimen no terminó allí: Algunos cuerpos fueron arrojados por las ventanas durante aquella noche.

Paradójica y siniestramente donde tuvo lugar esta injustificada la masacre –el Edificio del Seguro Obrero– es hoy el “Ministerio de Justicia y Derechos Humanos”.

Miguel Serrano, apropiadamente, reveló en su revista “La Nueva Edad” (N°28, con fecha 12 de Septiembre de 1942) que esta masacre fue en realidad, un crimen ritual.

De hecho, las órdenes a los carabineros para la ejecución de los jóvenes fueron dadas por un misterioso “civil” (Véase el artículo “Tragedia antigua” de Luis Sánchez Latorre publicado en el diario Las Últimas Noticias, el 21 de Noviembre de 1998. Página 14). El ejecutor visible de un crimen metafísico.

Con este asesinato ritual se puso fin a la posibilidad –encarnada en estos jóvenes– que Chile fuese un país con valores y con un destino trascendental, ajeno a la decadencia y corrupción que hoy impera por la fraternal alianza de Derecha-Izquierda.

La estatua de Alessandri, significativamente, se yergue hoy como aciago hito en el frontis del Palacio de la Moneda.

Más allá de los artilugios, más allá del tenebroso crimen ritual y la destrucción de nuestra nación, resuenan las heroicas palabras de Pedro Molleda: “¡Nuestra sangre salvará a Chile!”.