Por Rodrigo Torres, Docente y cofundador de MÜUD
Esta semana, la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados despachó a la Sala el proyecto de “Escuelas Protegidas”. Revisión de mochilas, restricciones de vestimenta, sanciones más duras. El Gobierno insiste en que no hay tiempo que perder. Y tiene razón, aunque no exactamente en el sentido que cree.
Porque si ya necesitas revisar una mochila para evitar una tragedia, el sistema no llegó tarde un poco. Llegó después de que todas las señales previas pasaron desapercibidas.
La violencia escolar no aparece de un día para otro. Antes hay cambios de conducta, aislamiento, frustración, desconexión sostenida. Señales que, en cualquier sistema de alerta temprana mínimamente funcional, deberían activar una respuesta. Pero no tenemos ese sistema. Tenemos protocolos de reacción disfrazados de política de prevención.
El problema no es que las medidas de control sean incorrectas. El problema es que se están convirtiendo en el eje de la discusión, cuando son, en el mejor de los casos, el último recurso. Y en el peor, una declaración implícita de que ya renunciamos a llegar antes.
La evidencia es clara: un estudiante que no está bien emocionalmente no aprende, no convive, no se relaciona. Y cuando ese malestar no se aborda, escala. No es una hipótesis. Es lo que llevamos viendo en aulas de todo el país desde hace años, con creciente nitidez y decreciente sorpresa.
A eso hay que sumarle que seguimos pidiéndole a los profesores que resuelvan esto solos. Con salas de treinta estudiantes, conflictos cada vez más complejos y, en la mayoría de los casos, sin datos, sin herramientas y sin apoyo especializado. Es una ecuación que ya no cierra, y que hace rato dejó de cerrar.
Si de verdad queremos reducir la violencia en los colegios, la conversación debería estar en otro lugar: en cómo detectar señales tempranas, cómo entender qué ocurre dentro de las comunidades educativas antes de que el conflicto explote, cómo acompañar a estudiantes y docentes con información y criterio. En pasar, en definitiva, de la reacción a la anticipación.
Las medidas de seguridad tienen su lugar. Pero ese lugar no es el centro del debate. Mientras sigamos discutiendo cómo reaccionar mejor en lugar de cómo prevenir antes, seguiremos llegando tarde. Y lo seguiremos llamando urgencia.
