Por Frano Giakoni Ramírez, director del Magíster en Gestión Deportiva UNAB.
Durante algunas semanas, Vozinha fue el fichaje perfecto. Llegó como héroe del Mundial, llenó un aeropuerto, colmó el Monumental en su presentación y convirtió cada publicación de Colo Colo en un éxito digital. Dos meses después, el panorama es muy distinto. Según datos recogidos por El Mercurio, Adidas reconoció que las camisetas no se vendieron como esperaba, y TNT Sports admitió que hoy el arquero no mueve la aguja, con un consumo alto solo en los primeros días antes de volver a la normalidad. Lo que parecía un negocio redondo terminó dejando una lección que la gestión deportiva no debería pasar por alto: la atención sin rendimiento tiene fecha de vencimiento.
El punto de partida fue extraordinario. A los 40 años, el caboverdiano se convirtió en una de las grandes revelaciones del Mundial disputado en Estados Unidos, México y Canadá, después de una carrera que lo tenía ganando cerca de 6.800 dólares mensuales en el Chaves, de la segunda división portuguesa. Su llegada a Chile fue un fenómeno pocas veces visto: los posteos del club sobre su arribo superaron los cuatro millones de visualizaciones. Desde el primer día, el fichaje se instaló más como noticia que como refuerzo.
El fútbol moderno opera con dos contabilidades. Una es la del rendimiento, que se mide en atajadas, regularidad y minutos en cancha. La otra es la de la atención, que se mide en seguidores, camisetas vendidas y audiencia. Durante años se instaló la idea de que la segunda podía vivir por cuenta propia. El caso Vozinha demuestra lo contrario. Los pocos partidos jugados, algunos errores y los viajes largos fuera del país terminaron empujando también a un segundo plano su figura fuera de la cancha. La marca no corrió más rápido que el rendimiento. Se detuvo junto con él.
Las ciencias del deporte tienen una herramienta sencilla para entender lo ocurrido, y no pasa por cuestionar el talento del arquero. Se llama regresión a la media. Un Mundial es una muestra pequeña, apenas un puñado de partidos jugados con motivación máxima, en la vitrina más grande del planeta y, muchas veces, detrás de un equipo replegado que le entrega trabajo constante al portero. Cuando ese rendimiento se proyecta a una liga completa, con otro estilo de juego, otras exigencias y una adaptación a mitad de temporada, lo esperable es que los números se acerquen al nivel habitual del jugador. No se trata de un fracaso personal, sino de estadística elemental.
A ello se suma un sesgo bien descrito por la psicología, el efecto halo, que es la tendencia a que una impresión muy positiva en un ámbito contamine el juicio sobre todo lo demás. Un par de atajadas memorables ante grandes selecciones bastó para que muchos lo imaginaran indiscutible en cualquier arco. El entusiasmo comercial sigue la misma lógica. La novedad genera un pico de interés casi automático, pero sostenerlo exige algo que ningún departamento de marketing puede fabricar: presencia en la cancha, partido a partido.
El contrato lo dejaba claro desde el inicio. Para activar la renovación automática, el arquero debe sumar al menos la mitad de los partidos posibles hasta el cierre de la temporada, y hoy no supera el 25%. Es decir, el propio club reconocía que su valor dependía de jugar. Mientras tanto, el arco ha sido sostenido por Gabriel Maureira, un juvenil de 19 años, en la posición donde los minutos oficiales resultan más difíciles de reemplazar en el proceso formativo. Que la decisión técnica no se haya dejado arrastrar por el ruido mediático es, probablemente, la mejor noticia de esta historia para la cantera alba.
Nada de esto convierte a Vozinha en un mal profesional ni en el responsable del desencanto. Su trayectoria es admirable, y la propia Adidas acaba de sumarlo como embajador apelando a una historia de perseverancia que es auténtica. Que la misma marca reconozca ventas por debajo de lo esperado y, al mismo tiempo, apueste por su relato muestra que el valor de su historia sigue existiendo. Lo que no resistió fue la expectativa construida a su alrededor, la ilusión de que un relato podía reemplazar a una planificación deportiva.
La lección de fondo es institucional. Un club profesional es hoy una empresa deportiva y, a la vez, una productora de contenidos, pero ambas dimensiones no pesan lo mismo ni se mueven al mismo ritmo. La atención puede encenderse en una semana, aunque solo se sostiene sobre algo verificable en el campo de juego. Cuando una institución incorpora un fenómeno mediático sin un lugar deportivo claro para él, no adquiere un activo comercial, sino una curva de interés destinada a descender. El caso Vozinha deja una conclusión válida para cualquier club: en el deporte, la marca es consecuencia del rendimiento y nunca su sustituto.
